Los Santos Inocentes

Historia de Los Santos Inocentes

   Para todos es bien conocida la fecha del 28 de Diciembre. Es el día de los Santos Inocentes, es el día de las bromas, de las tomaduras de pelo, y de los distintos chascarrillos en los que se suscitan la carcajada o la sonrisa a causa de la inocencia, la ignorancia o el despiste de los que no han caído en la cuenta de la fecha que figura en el calendario y se convierten en víctimas más o menos desafortunadas de las gracias o el ingenio de los que esperan con ganas este día para reírse un poco de los demás.

   También es el día en el que los medios de comunicación de todo tipo nos sorprenden con noticias, con imágenes… etc., o con propuestas de lo más sorprendente que causan la extrañeza, la admiración, la indignación o la carcajada de los sufridos y despistados consumidores de los distintos medios.

   A primera vista y desde la superficialidad, se aprecia claramente que el día de los Inocentes es una día de fiesta y de bromas en general, pero si nos paramos un momento y, desde nuestra vivencia cristiana, buscamos el origen de este día, descubrimos rápidamente cómo el motivo de la celebración actual no tienen nada que ver con lo que suscitó crear este día (la matanza de niños a manos de Herodes con el fin de evitar ser destronado por el Mesías).

   Según señala el Evangelio de San Mateo, Herodes llamó a los Sumos Sacerdotes para preguntarles en qué sitio exacto iba a nacer el rey de Israel, al que habían anunciado los profetas. Ellos le contestaron: “Tiene que ser en Belén, porque así lo anunció el profeta Miqueas diciendo: “Y tú, Belén, no eres la menor entre las ciudades de Judá, porque de ti saldrá el jefe que será el pastor de mi pueblo de Israel” (Miq. 5, 1). Entonces Herodes se propuso averiguar exactamente dónde estaba el niño, para después mandar a sus soldados a que lo mataran. Y fingiendo dijo a los Reyes Magos: – “Vayan y averiguen acerca de ese niño, cuando lo encuentren regresan y me lo informan, para ir yo también a adorarlo”. Los magos se fueron a Belén guiados por la estrella que se les apareció otra vez, al salir de Jerusalén, y llenos de alegría encontraron al Divino Niño Jesús junto a la Virgen María y San José; lo adoraron y le ofrecieron sus regalos de oro, incienso y mirra. En sueños recibieron el aviso divino de que no volvieran a Jerusalén y regresaron a sus países por otros caminos, y el pérfido Herodes se quedó sin saber dónde estaba el recién nacido. Esto lo enfureció hasta el extremo, por lo que rodeó con su ejército la pequeña ciudad de Belén, y dio la orden de matar a todos los niñitos menores de dos años, en la ciudad y alrededores, por temor a ser destronado. Aunque finalmente, se salvó el Niño Jesús.

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